3 de septiembre de 2009

La bolsa o la vida

Mi pobre amiga Lola está que no cabe en sí de la indignación en estos días. Ayer me llamó desesperada. Se ha ido a Madrid la muchacha a pasar unos días con su anciano padre. Y ella que es muy buena hija, cuando va a visitar a su padre le limpia la casa, lo saca de paseo, le hace la compra… Pero, ay, que Lola, para variar, no se había enterado de que en Madrid Carrefour ha dejado ya de dar bolsas de plástico para la compra a sus clientes…

“¿Te lo puedes creer?”, va y me dice casi llorando. “Que llegan y me dicen que no, que no me dan bolsas, que me tengo que comprar unas cosas espantosas de tela o de rafio si quiero… Y si no me meto la compra en el bolsillo. Y van y me dicen que me lo mejor es que me compre un carrito de esos tan feos que llevan las señoronas amargadas. ¡Sólo me faltaba!”.

“¿Y cuanto te costaba el carrito, Lola?”, le pregunto. “¡Tres con cuarenta! ¿Te lo puedes creer? ¡Es una estafa!”, me contesta indignada. “Bueno, mujer, el coste normal de esos carritos no baja de los 20 euros, en realidad es una ganga”, intento convencerla. “Pero, ¿para qué quiero yo un carrito-ganga que no me gusta, ni lo quiero, ni nada? ¡Yo quiero mis bolsas de toda la vida!, me contesta.

Ahí intento yo explicarle que es necesario dejar de utilizar bolsas de plástico porque contaminan mucho, que en muchos países del mundo están prohibidas, que hay que cuidar el medio ambiente… “¿El medio ambiente? ¿El medio ambiente? ¿Y, qué pasa, que yo no soy medio ambiente? ¿Yo no soy un ser vivo? ¿Ahora tengo yo que usar una cesta de esas arapientas para que se me roce toda la piel de los brazos? ¿O tengo que comprarme un carrito de esos ridículos y luego ir al psicólogo para quitarme el trauma? ¡Vamos por favor!”.

Casi me deja sin palabras… “Pero, Lola, mujer, relájate… Ya encontrarás algo que usar que te guste para ir a la compra…”. Pero a Lola no hay quien la convenza. Cuando se le mete algo en la cabeza tiene argumentos para todos los gustos…

- Que no quiero, te he dicho. Que yo quiero mis bolsas. Que estoy harta de que me saquen el dinero por todos lados.

- Lola, que son poco más de tres euros.

- No, es mucho más. Porque no es sólo que me tenga que comprar el carrito horripilante de las narices. ¡Es que además a partir de ahora voy a tener que comprar y comprar bolsas!

- ¿Comprar bolsas? ¿Para qué? – le digo yo extrañada.

- ¿Cómo que para qué? ¿Qué pasa que tú no tiras la basura en tu casa? ¡Tanto medio ambiente, tanto medio ambiente! ¡Pamplinas y excusas para sacarnos el dinero! Yo cuido el medio ambiente más que ellos, que yo todas las bolsas las reutilizo de toda la vida de dios. Para tirar la basura orgánica, para tirar los embases, para la papelera del baño, para recogerle las caquitas a mi Cuqui cuando la saco de paseo… ¿Ahora qué pasa? ¿Me voy a tener que comprar bolsas para todo eso? ¿Tú sabes el gasto que es eso?

- Bueno, pues visto así, algo de razón tienes…

- Mucha.

- Bueno, pues hay otra solución.

- ¿Cuál?

- Que dejes de comprar en Carrefour… Te vas a Alcampo…

- ¿Cómo? ¿Que esto es sólo en el Carrefour? ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¡Si yo en Las Palmas voy siempre al Hiperdino! ¡Vaya los disgustos tontos que me haces coger sin necesidad!

Flipé. Si es que encima la culpa va a ser mía… Esta mujer está fatal. “Lola, pero si has empezado tú a dar la murga… ¡Si leyeras un periódico alguna vez eso no te pasaba!, le chillo. “Vaaaale… Venga, te dejo, que voy a comprar el carrito ese horripilante para mi padre y a volver a casa… Ya hablamos”. Y me cuelga. Si lo que yo diga, como una cabra…